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martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo 2.

 La noche es oscura, sin luna nu estrellas. Las calles están vacías y silenciosas. Y llueve. Mucho. Las aceras brillan relucientes, poco al no haber apentas luz, pero lo hacen. Antes de salir de un portazo, mis padres han intentado detenerme, sorprendidos por la situación. No dejo de pensar en lo mismo una y otra vez.

 ''Puta pelirroja, ya tienes lo que querías.''

 Y lo peor es que tengo la culpa de su muerte, sin saber por qué.

 Mis pies me llevan a un cerrado callejón. No tengo miedo a que estas horas de la noche pueda esconder a hombres extraños, violadores, atracadores. Aunque me hieran, aunque me maten. Estoy demasiado ocupada, divagando en mi sufrimiento.

 Entonces lo noto. Una mano en mi garganta, que me empuja contra la dura pared. El impacto me deja un momento sin aliento. Es un hombre alto y fuerte, que debe de tener alrededor de treina añós. Intento chillar, pero sólo me sale un desagradable graznido. Tiene una filosa navaja.

 -Shhh... tranquila, pequeña. - suelta una horripilante carcajada, que hace posible ver sus dientes torcidos mientras empieza a tocar mi cuerpo. Va a abusar de mí. Después me matará. Dejará mi frío cadáver mojandose en el suelo bajo la lluvia. Todo esto pasa por mi cabeza mientras noto la falta de aire en la garganta. Y así ocurre.

 Rojo escarlata, rojo sangre.

 Pero no ocurre lo de las otras veces. Lo vivo en persona y en directo. Una rabia más fuerte que todo lo demás. Mi pie ataca, chocándose fuertemente en su entrepierna. El hombre se echa hacia atrás dolorido, soltando toda clase de tacos. Se acerca de nuevo, esta vez, apuntándome con el arma. Pero todo sigue rojo. Con una nueva patada, doy en su mano derecha -con una agilidad que no sé de dónde ha salido- y la navaja sale volando por los aires, hasta caer al suelo. Este corre hacia ella, intentandola coger, pero yo soy más rápida. Llego antes, y la navaja vuelve a volar. Vuelve a volar directa a su pecho, dónde se clava con fuerza.

 Todo recupera su tono natural.

 Yo lloro.

 -No ganarás nada sintiéndote culpable. - alguien dice. Es una voz severa y grave, pero tiene algo que me gusta. Lo ignoro y me arrodillo ante el hombre, empapando mis rodillas en la acera. Saco la navaja de su carne sangrienta. - Es inútil, está muerto.

 Levanto la mirada. Una figura alta y fornida, tapando su cabeza con una capucha, se sitúa ante mí. No es un nombre, es un chico. Quizá tenga un par de años o tres más que yo.''Adelante - pienso - llama a la policía, que me encierren.'' Pero no hace nada. Se cruza de brazos como si esperara algo.

 -No quiero ir a la cárcel, ni a un centro de menores. - sollozo levantándome, pero volviendo a caer al suelo. El suelta un suspiro y saca algo de su bolsillo. No logro verlo, pero lo arroja al cuerpo y este arde con facilidad unos segundos, luego se apaga sin dejar rostro ni ceniza algunas. Mi mente no está muy bien en estos momentos, pero sé perfectamente que lo que acaba de suceder no es física ni materialmente posible.

 -Levántate. - me ordena, pero no con demasiada dureza. -Arriba. - Me tiende una mano que cojo y, con su ayuda, me incorporo. Su piel es cálida y suave, a diferencia de mis manos, heladas y entumecidas a causa del frío. -Ven conmigo.

 Asiento y caminamos. No sé adónde vamos, si es un asesino en serie, si me está secuestrando, o simplemente me lleva a su casa o algo así. Nos alejamos un poco del lugar desde luego, un poco bastante. Vamos a parar a un almacén abandonado. Es un edificio enorme, con los ladrillos desgastados y la mayoría de ventanas rotas. La gran puerta chirría al abrirse. Es sorprendente que el exterior este tan demolido y el interior.... bueno, parezca un gran gimnasio. Colchonetas, siluetas de agujetos de bala, maniquíes... y armas, por todos lados. Una chica de pelo corto y castaño, de aparencia presumida, ''cae'' del techo de forma elegante. Me mira con curiosidad, pero sin demasiada simpatía.

 -¿Quién es esta? - pregunta al chico de la capucha, me gustaría verle la cara, pero solo puedo mirar al suelo desanimada.

 -Es de los nuestros. - responde. Enarcó las cejas. ¿De los suyos? ¿Cómo que de los suyos? No entiendo nada.

 La chica deja escapar una sonora carcajada, que resulta insultante.

 -¿Estás seguro? - pregunta entre risotada y risotada.

 -Lo vi con mis propios ojos, además todos hemos sido nuevos alguna vez.

 -Lo que tú digas - pone los ojos en blanco y sigue con sus extrañas piruetas y volteretas.

 Mi mente no deja de pensar y elaborar posibles respuestas de por qué estaba aquí, que cómo podía haber originado dos muertes en un solo día aunque no era físicamente culpable de una de ellas.

 -¿Cómo te llamas? - pregunta él en un murmuro que apenas entiendo, pero que puedo finalmente descifrar.

 -Zoe. - el chico asiente con la cabeza. - ¿Tú?

 -Alexander. - después señaló a la chica del pelo corto, aunque no recordaba haberle preguntado sobre ella. - Y esa es Sherezade. - entramos en una habitación con una mesa de escritorio. Un hombre de pelo canoso charla animadamente con un grande chico moreno. - Matthew, aquí una nueva.

 El hombre cuarentón me clava la mirada y el moreno de dedica una sonrisa burlona. ¿Es qué nadie puede ser un poquito amable en este lugar?

 -J, Alex, ¿nos dejáis solos? - ellos salieron del cuarto dándose puñetazos amistosos. Cierran la puerta tras ellos. El tal Matthew me invita a tomar asiento y así hago. Hinca sus estrechos codos sobre la mesa para entrelazar sus dedos, expectante.

-¿Eres...?

-Zoe. - completo.

-Me imagino que nadie te ha contado por qué estás aquí. - niego con la cabeza. - Dime, Zoe, ¿has hecho algo malo últimamente? - lo dice con sutileza, pero sé a lo que se refiere. Es inútil ocultarlo, aunque de todos modos esto no parece una cárcel, ¿no? Muevo la cabeza en gesto positivo. - ¿Quién lo ha pagado?

-No sé su nombre, pero fue en defensa propia. - recuerdo a Martha. - bueno, y una chica que... yo no quise, fue ella... sola. - me froto los ojos para contener las lágrimas.

 -Alexander Hood. - hace una pausa. - cincuenta y ocho. Sherezade Vuine, treinta y tres. Jaime Nellville, veinticinco.

 -¿A qué se refiere?

 Matthew muestra la sombra de una sonrisa.

 -A asesinatos, por supuesto.

 

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