Seguidores

martes, 18 de junio de 2013

Capítulo 4.

Mi cama me refugia cómoda y plácidamente, jamás he estado tan cansada. Sin embargo, no puedo dormir.

 ''-¿Asesinatos? - había preguntado yo, totalmente sorprendida.

 -Asesinatos, Zoe. - respodió Matthew con una amplia sonrisa. ''

 No podía hacerlo.

 Al regresar a casa papá me cruzó la cara. Sólo lo ha hecho dos veces, y no de forma dura y cruel, sino para regañarme, luego me abrazó fuerte. Mamá lloraba. Estaban realmente preocupados. Las gemelas también se aliviaron por mi llegada. Y estoy castigada, dos meses sin salir. Aunque realmente nunca salgo, no tengo con quién hacerlo.

 Me rindo en mi intento de cerrar los párpados, pesados como juicios, y cojo los cascos. Green Day. Volumen máximo. Suspiro y me arropo hasta el cuello. Creo que me he resfriado. La voz del hombre hace un eco en mi mente.

 ''-Verás, pelirroja, el mundo está lleno de gente injusta y que necesita un psiquiatra para tratar los pensamientos e ideas que tienen, que no son normales. Sabes eso, ¿no? - asentí, aunque realmente no entendía lo que quería decirme con eso. - Violadores. Atracadores. Asesinos. Esa es la gente que cargan las listas de Alex, J y Sherezade. Bueno, próximamente de Violet. - no sabía quién era Violet, pero Matthew sonreía, sería otra más de este extraño grupo. Él debió notar mi inquietud, porque se detuvo. - ¿Tienes miedo?

 Sacudí la cabeza. Él volvió a sonreír y posó un cuchillo de sierra, afilado y enorme, sobre la mesa.

 -¿Y ahora? -volví a negarme, aunque de forma insegura. - Cóge el cuchillo. Y ven.

  El grupito rarito de la sangre. Así los había apodado.  Cuando salí al gimnasio ellos estaban allí, mirandome como mira un niño a un juguete nuevo. Al menos eso hacían J y Alexander, pues Sherezade se limitó a darme la espalda y a seguir con lo que estaba haciendo: arrancar cabezas a maniquíes. Me sorprendí ante tal destreza y sangre fría, pero, por supuesto no dije nada.''

 Me escuece la mano, ha sido un buen tajo el que me he llevado, es como si estuviera sangrando de nuevo, pero cuando rozo el corte, sigue impoluto y liso, siendo solo un pequeño relieve formado por una costra. Es algo increíble que, con una simple pomada, la herida haya cicatrizado de esa manera.

 ''Cuando Matthew me dijo lo que debía hacer, mi cara no podía tener precio, o eso creía. Pero él parecía decirlo en serio. Pese a que sabía que provocaría las risas en los demás, intenté seguir sus instrucciones. El cuchillo era ligero y afilado, tenía un filo serrado y puntiagudo, lo cogí de esta última zona, pues así lo lanzaría lógicamente, y apunté hacia la diana rojiza que tenía a diez metros de mi posición.

 No solo fallé, sino que el giro del cuchillo hizo que la palma de mi mano quedase decorada con una gran raja sangrante.''

 <<¿Dónde estás Zoe?>> pienso para mis adentros, sin respuesta alguna. Ahora, una vez en mi cama, el resto parecía un sueño. Parecía un sueño que Martha Colensberg se hubiese suicidado, parecía un sueño que yo hubiese matado a un hombre que intentaba violarme. Parecía un sueño que hubiese conocido a un grupo de ''anti héroes'', pues no sabía como llamar a la gente que asesina a asesinos, y que fuese a formar parte de él. No había aceptado hacerlo. De echo, no había dicho nada en el resto de la noche, pero ellos tampoco lo habían hecho.

 Pero claro, parece un sueño. Y los sueños, sueños son.

 Olvidaré este asunto, lo dejaré pasar como hago con todo.

 Pero no es un sueño, claro que no.

 ''Zoe Toddel, dos asesinatos''.

martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo 2.

 La noche es oscura, sin luna nu estrellas. Las calles están vacías y silenciosas. Y llueve. Mucho. Las aceras brillan relucientes, poco al no haber apentas luz, pero lo hacen. Antes de salir de un portazo, mis padres han intentado detenerme, sorprendidos por la situación. No dejo de pensar en lo mismo una y otra vez.

 ''Puta pelirroja, ya tienes lo que querías.''

 Y lo peor es que tengo la culpa de su muerte, sin saber por qué.

 Mis pies me llevan a un cerrado callejón. No tengo miedo a que estas horas de la noche pueda esconder a hombres extraños, violadores, atracadores. Aunque me hieran, aunque me maten. Estoy demasiado ocupada, divagando en mi sufrimiento.

 Entonces lo noto. Una mano en mi garganta, que me empuja contra la dura pared. El impacto me deja un momento sin aliento. Es un hombre alto y fuerte, que debe de tener alrededor de treina añós. Intento chillar, pero sólo me sale un desagradable graznido. Tiene una filosa navaja.

 -Shhh... tranquila, pequeña. - suelta una horripilante carcajada, que hace posible ver sus dientes torcidos mientras empieza a tocar mi cuerpo. Va a abusar de mí. Después me matará. Dejará mi frío cadáver mojandose en el suelo bajo la lluvia. Todo esto pasa por mi cabeza mientras noto la falta de aire en la garganta. Y así ocurre.

 Rojo escarlata, rojo sangre.

 Pero no ocurre lo de las otras veces. Lo vivo en persona y en directo. Una rabia más fuerte que todo lo demás. Mi pie ataca, chocándose fuertemente en su entrepierna. El hombre se echa hacia atrás dolorido, soltando toda clase de tacos. Se acerca de nuevo, esta vez, apuntándome con el arma. Pero todo sigue rojo. Con una nueva patada, doy en su mano derecha -con una agilidad que no sé de dónde ha salido- y la navaja sale volando por los aires, hasta caer al suelo. Este corre hacia ella, intentandola coger, pero yo soy más rápida. Llego antes, y la navaja vuelve a volar. Vuelve a volar directa a su pecho, dónde se clava con fuerza.

 Todo recupera su tono natural.

 Yo lloro.

 -No ganarás nada sintiéndote culpable. - alguien dice. Es una voz severa y grave, pero tiene algo que me gusta. Lo ignoro y me arrodillo ante el hombre, empapando mis rodillas en la acera. Saco la navaja de su carne sangrienta. - Es inútil, está muerto.

 Levanto la mirada. Una figura alta y fornida, tapando su cabeza con una capucha, se sitúa ante mí. No es un nombre, es un chico. Quizá tenga un par de años o tres más que yo.''Adelante - pienso - llama a la policía, que me encierren.'' Pero no hace nada. Se cruza de brazos como si esperara algo.

 -No quiero ir a la cárcel, ni a un centro de menores. - sollozo levantándome, pero volviendo a caer al suelo. El suelta un suspiro y saca algo de su bolsillo. No logro verlo, pero lo arroja al cuerpo y este arde con facilidad unos segundos, luego se apaga sin dejar rostro ni ceniza algunas. Mi mente no está muy bien en estos momentos, pero sé perfectamente que lo que acaba de suceder no es física ni materialmente posible.

 -Levántate. - me ordena, pero no con demasiada dureza. -Arriba. - Me tiende una mano que cojo y, con su ayuda, me incorporo. Su piel es cálida y suave, a diferencia de mis manos, heladas y entumecidas a causa del frío. -Ven conmigo.

 Asiento y caminamos. No sé adónde vamos, si es un asesino en serie, si me está secuestrando, o simplemente me lleva a su casa o algo así. Nos alejamos un poco del lugar desde luego, un poco bastante. Vamos a parar a un almacén abandonado. Es un edificio enorme, con los ladrillos desgastados y la mayoría de ventanas rotas. La gran puerta chirría al abrirse. Es sorprendente que el exterior este tan demolido y el interior.... bueno, parezca un gran gimnasio. Colchonetas, siluetas de agujetos de bala, maniquíes... y armas, por todos lados. Una chica de pelo corto y castaño, de aparencia presumida, ''cae'' del techo de forma elegante. Me mira con curiosidad, pero sin demasiada simpatía.

 -¿Quién es esta? - pregunta al chico de la capucha, me gustaría verle la cara, pero solo puedo mirar al suelo desanimada.

 -Es de los nuestros. - responde. Enarcó las cejas. ¿De los suyos? ¿Cómo que de los suyos? No entiendo nada.

 La chica deja escapar una sonora carcajada, que resulta insultante.

 -¿Estás seguro? - pregunta entre risotada y risotada.

 -Lo vi con mis propios ojos, además todos hemos sido nuevos alguna vez.

 -Lo que tú digas - pone los ojos en blanco y sigue con sus extrañas piruetas y volteretas.

 Mi mente no deja de pensar y elaborar posibles respuestas de por qué estaba aquí, que cómo podía haber originado dos muertes en un solo día aunque no era físicamente culpable de una de ellas.

 -¿Cómo te llamas? - pregunta él en un murmuro que apenas entiendo, pero que puedo finalmente descifrar.

 -Zoe. - el chico asiente con la cabeza. - ¿Tú?

 -Alexander. - después señaló a la chica del pelo corto, aunque no recordaba haberle preguntado sobre ella. - Y esa es Sherezade. - entramos en una habitación con una mesa de escritorio. Un hombre de pelo canoso charla animadamente con un grande chico moreno. - Matthew, aquí una nueva.

 El hombre cuarentón me clava la mirada y el moreno de dedica una sonrisa burlona. ¿Es qué nadie puede ser un poquito amable en este lugar?

 -J, Alex, ¿nos dejáis solos? - ellos salieron del cuarto dándose puñetazos amistosos. Cierran la puerta tras ellos. El tal Matthew me invita a tomar asiento y así hago. Hinca sus estrechos codos sobre la mesa para entrelazar sus dedos, expectante.

-¿Eres...?

-Zoe. - completo.

-Me imagino que nadie te ha contado por qué estás aquí. - niego con la cabeza. - Dime, Zoe, ¿has hecho algo malo últimamente? - lo dice con sutileza, pero sé a lo que se refiere. Es inútil ocultarlo, aunque de todos modos esto no parece una cárcel, ¿no? Muevo la cabeza en gesto positivo. - ¿Quién lo ha pagado?

-No sé su nombre, pero fue en defensa propia. - recuerdo a Martha. - bueno, y una chica que... yo no quise, fue ella... sola. - me froto los ojos para contener las lágrimas.

 -Alexander Hood. - hace una pausa. - cincuenta y ocho. Sherezade Vuine, treinta y tres. Jaime Nellville, veinticinco.

 -¿A qué se refiere?

 Matthew muestra la sombra de una sonrisa.

 -A asesinatos, por supuesto.

 

martes, 19 de febrero de 2013

Capítulo 1.

 Es Lunes. Un odioso y repulsivo Lunes de entre otros muchos. Me cuesta mantener los ojos abiertos, aunque, a decir verdad, eso me cuesta todos los días, no solo los Lunes. Casi llego tarde a la primera hora, eso también me pasa casi siempre. Claro que por suerte, he entrado a tiempo. Siempre que suerte signifique ''por desgracia'', claro.

 La mañana es pesada, lenta. En el cambio de segunda a tercera hora sucede lo que sucende. Decido ir al baño. Sin embargo, Martha Colensberg y su amiga Olive están ahí, y mi presencia las hace mofarse de forma cruel.

 Y ya está. He aguantado demasiado todos estos años.

 -¿De qué vas, zorra? - suelto en tono borde.

 -Eh, eh... No busques pelea... - sonríe burlona. Pone una voz de pito que sumada a su ego habitual, me ponen de los nervios. - Porque saldrás perdiendo.

 Es una inmadura, no hay más.

 -Solo quiero que me dejes en paz. Siempre pendiente de lo que hago o dejo de hacer, joder.

 -Es que es muy entretenido, como tirarle cacahuetes a los animales del zoo.

 Suspiro pesadamente. Me estoy cansando.

 Y entonces, tal y como el viernes sucedió, todo se tiñe de rojo. Lo veo con claridad, pero de ese color escarlata intenso. No soy yo, algo se apodera de mi cuerpo y me hace contestar como lo hago. Ni siquiera sé lo que digo. Las palabras vuelan veloces por mis labios sin detenerme a pensarlas. Y cuando todo recupera su tono de color natural, Martha está llorando. LLorando de verdad, como nunca he visto llorar a nadie. Me suplica que pare.

 El resto pasa rápido. Un simple parpadeo incluso. Un parpadeo que me lleva a la noche. A las nueve de la noche.

 Estoy cenando. Mis hermanas pequeñas discuten. Su caso es algo curioso. Siempre dicen que las hermanas gemelas son las que mejor se llevan, las que comparten sus secretos, su círculo de amistades, hacen planes juntas. Ellas no son así. Mi padre las riñe y las detiene mientras pincha un poco de ensalada. La televisión está puesta, pero yo no la veo, pues no dejo de pensar en lo de esta mañana. En como he hecho llorar a esa zorra. Y me gusta, me invade una real satisfacción por dentro, y no dejo de sonreír.

 -Oh, eso ha pasado por aquí. - comenta mi madre señalando una noticia en particular, entonces presto un poquito de atención a la pantalla. Solo un poquito.

 La suficiente.

 -Muere una joven en la zona de Prince Edward, Ontario. Al parecer fue un suicidio por consumo de sustancias químicas perjudiciales. La chica dejó una nota algo preocupante antes de abandonar la vida. - se mostró un trozo de papel pequeño. En mayúsculas, bien visibles, la nota decía: ''Puta pelirroja, ya tienes lo que querías.''

 Me recorre un gran escalofrío. Pero lo peor no es eso. Lo peor es lo que viene después. Una foto de la víctima, sonriendo a la cámara, con el fondo de un parque detrás de ella. Su pelo rubio teñido brilla bajo los rayos del sol. Es Martha.

 Se ha matado por mi culpa.

 Por mi culpa.

 Me levando de golpe y salgo de casa a la velocidad de un rayo. Echo a correr. Lejos.

lunes, 18 de febrero de 2013

Capítulo 0.

El día era nublado. Gris. Triste. Yo intentaba dormir sobre una superficie lisa y dura: mi pupitre. La voz hacía un grave e ingenioso eco que entraba por un oído y salía por el otro, pasando por mi cerebro, pero sin detenerse a razonar. Tenía tanto, pero tanto sueño...

Una carcajada me desveló, miré hacia atrás, la cabeza rubia de Martha Colensberg se sacudía en una gran carcajada y su amiga, Olive, cuyo apellido desconocía, la acompañaba. Por la dirección de sus miradas, estaba claro que me estaban criticando. Suspiré y miré hacia delante, como hacía cada vez que eso ocurría, que no eran pocas veces, la verdad.

La charla sobre la violencia que había concertado para esta hora avanzaba lenta y de forma entretenida para algunos, pero para otros, como yo, era algo que no tenía ninguna gracia. El ingenio de la monitora era admirable, pero para nada gracioso. Una vez hubo sonado el timbre, la gente salió disparada en todas direcciones, cogían sus cosas rapidamente y se iban deprisa a sus siguientes clases. Por alguna razón, mis pies me impulsaron a salir tras él.

Diego Lakind.

El chico del pelo raro, el que una vez fue mi mejor amigo. Ya hace mucho que perdí la cuenta de los años que llevaba coladita por él. Y él siempre hacía lo mismo. Me dedicaba una sombría mirada y se iba. Tan contento. Le odiaba por ello, por fingir que nunca habíamos hablado, que nunca nos habíamos conocido. Le odiaba. Pero también le amaba. Y le seguía.

Nuestras clases estaban justo al lado. Pues eran las clases de los tontos, él en una, yo en otra. Grupos de apoyo escolar. Para graduarnos con facilidad. Ja, esa es otra. Soy demasiado estúpida para ir a una clase normal, pero demasiado lista para esta. Y es que, cada vez que preguntan algo, la gente de aquí parece idiota, cuando la respuesta es fácil y sin complicaciones.

Diego subía las escaleras, yo iba tras él. Su pelo castaño era lo que ya estaba acostumbrada a ver. Estabamos a punto de llegar a la segunda planta, ya casi estabamos.

Entonces todo se volvió rojo.

Y sonreí.

Sipnosis.

Zoe. Chica pelirroja. Chica normal. Tez pálida y ojos claros. Alta y corpulenta. Marginada social. Sufriendo y sufriendo durante años y años. Deshaciendose en pedacitos. Haciéndose pequeña. Gente riéndose. Gritando. Insultando. Ignorando. Despreciando. Evitando. Insinuando. Pero ella es lista. Y al ser lista siente más el dolor que una persona que no es inteligente. Y a su vez, ese dolor lo transforma en su mente. Su dulce mente, que pasa a ser malvada, cruel y terrorífica. Lo imagina todo tiñéndose de un color rojo sangre. Más y más. Quiere un cuchillo. Lo desea. Lo necesita. Rojo. Quiere que todo rojo. Zoe Toddell. Asesina mental. Casi, casi, real.